Suele citarse “la playa” como el destino habitual de mucha gente en vacaciones. De hecho, hay gran parte de personas que identifican irse a la playa como la única manera de salir de vacaciones y que cuando no lo hacen suelen contestar con un “nada..me quedo por aquí, no voy a ningún sitio” cuando el destino no es el veraniego por excelencia.
Sin embargo hay otra imágen que la de la playa abarrotada, las sombrillas y todo lo que rodea habitualmente a la escena típica de un Verano. Se trata de la imágen de la playa por la noche, casi en soledad, entre semana, cuando todos duermen y justo antes de que la batalla por el trocito de arena se asemeje a la del Soldado Ryan en pleno desembarco del día D.
Es la magia, la esencia, la tranquilidad y el olor a historia que se respira en todas y cada una de las playas a la que podamos ir lo que convierte ese momento en algo mágico. Solo, inmerso en la melancolía y los pensamientos o bien con la persona que amas, solos contra el mundo y lejos, muy lejos de toda realidad diurna.
Sí, es cierto que hay muchas personas que ignoran que existe ese otro mundo, esa otra playa, y no lo es menos creer que muchos de los lectores que ahora surcan estas letras pueden considerar “ñoño” este tipo de imágen…bien, lo bueno del mar es que al final siempre pone cada cosa en su sitio, siempre devuelve a la orilla lo que no le pertenece.
Que las olas juzguen el uso de cada uno en lo que a la playa se refiere, pero aquí queda la recomendación de una vez, al menos una vez, buscar la madrugada bajo la Luna… a merced de las olas.
Es un clásico de las vacaciones, al igual que la sombrilla, las quemaduras por el Sol, las medusas o los atascos. Las vacaciones, ese paraíso soñado por todos y cada uno de los “curritos” que durante el año nos quemamos y sufrimos por el calor del asfalto, suponen, según todos los expertos, una de las mayores causas de divorcio.
Sin embargo, se trata de un arma de doble filo, puesto que nos encontramos ante una ocasión también de conocer realmente a la persona con la que compartimos esos “minutos” a lo largo del día. La persona con la que cenamos, o a la que vemos unas pocas horas antes de volver al día siguiente al trabajo. Esto, evidentemente genera una tensión y la ocasión de descubrir realmente las manías y la manera de ser de una persona que, pese a la convivencia establecida, puede ser muy diferente a la que vemos en el estrés del día.