Uno de los viajes más esperados por muchas parejas es la tradicional Luna de Miel. Rodeado de un aurea siempre especial, dicho viaje constituye la culminación a la boda, a la ceremonia y supone uno de los momentos más importantes de los primeros días como matrimonio.
Es evidente que el sentido que tenía antes la Luna de Miel ha cambiado con el paso del tiempo, e incluso la ceremonia que acompañaba a dicha salida era mucho más “pomposa”. Hace años, aquel era el primer viaje juntos de la pareja y la manera de iniciar la convivencia. Hoy, en cambio, muchas parejas se casan tras años de convivencia e incluso la Luna de Miel ha quedado relegado a un segundo plano en cuanto a las planificaciones de la ceremonia.
El trabajo, pese a existir leyes que garantizan un periodo vacacional para después de la boda, supone un escollo importante a la hora de planificar y disfrutar de la luna de miel, siendo cada vez más las parejas que deciden celebrar su matrimonio aprovechando la fecha de sus vacaciones, aprovechando los días libres que corresponden por el año trabajado. Así, cada vez es más frecuente enlazar los quince días que por ley corresponden tras la boda, con las vacaciones, siendo así una mera extensión de las mismas.
Ni que decir tiene que para muchas parejas, y en muchos ámbitos, el viaje de novios sigue siendo un acontecimiento y se planifican viajes únicos en la vida, a lugares y sobre todo, con presupuestos, que rara vez volverán a encontrarse. Es, por así decirlo, una excusa más que digna el matrimonio para realizar un viaje soñado durante tiempo.
Por tanto, hablando de vacaciones es imposible desligar la existencia del viaje de novios, de la Luna de miel, y de todo cuanto rodea a los primeros instantes tras el matrimonio.